CONCIERTOS DE CIUDAD
CONCIERTOS DE CAMPANAS.
CONCIERTOS DE MOTORES.
CONCIERTOS DE CIUDAD.
Se ha repetido hasta la saciedad que la música ya no es lo que era, que la música contemporánea es “demasiado diferente”, “demasiado extraña”, “demasiado rara”, que la llamada “música de vanguardia” o “música experimental” es tan diferente a la llamada “música clásica” o “música convencional”, o, ¿por qué no?, “música normal”, que incluso el propio concepto de “música” ha quedado en entredicho. Y todo eso, observando ciertas reservas, resulta innegable.
Lo cierto es que desde que Richard Wagner propinó el golpe mortal al sistema tonal con el famoso acorde del Tristán hasta nuestros días, pasando por todas las nuevas músicas, nuevos estilos y nuevas estéticas que se han ido sucediendo y solapando durante ese casi siglo y medio (postromanticismo, impresionismo, expresionismo, neoclasicismo, música abstracta, futurismo, dadaísmo, surrealismo, serialismo, música concreta, música electroacústica, fluxux, … ) la concepción de “eso” que llamamos música se ha transformado profundamente.
Hay que subrayar, sin embargo, que esta transformación no ha sido mayor que la sufrida durante otras épocas de la historia. Poco tiene que ver la música del siglo XI con la música del XV, y no digamos con la del XVIII
Pues bien, uno de los últimos estilos de la vanguardia musical, tan actual que se encuentra en este momento en pleno desarrollo, es el conocido, en su denominación inglesa, como “Context Music”. Música de contexto o música contextual la designaríamos en castellano. Se trata de una música que ya no basa su existencia en los tradicionales elementos de la composición musical (sin que necesariamente tenga que renunciar a estos): melodía, armonía, contrapunto, sino que la fundamenta en la afirmación del sonido por sí mismo y en su capacidad de crear “paisajes sonoros”.
La música ya no es un conjunto combinado de alturas, intensidades, timbres y duraciones que se interpretan en un contexto concreto. Ahora la música es el contexto. La música define el contexto y lo manipula al capricho de compositores y/o intérpretes. La música ya no es un catálogo organizado de bellas melodías ni musiquitas pegadizas que uno pueda silbar mientras vuelve a casa. La música es un contexto. Un contexto sonoro. Un microclima aislado del exterior. Una especie de “efecto invernadero sónico” que nos aísla de lo que ocurre fuera donde lo importante no es la melodía, sino la belleza del sonido por sí mismo. Un sonido que ya no llega hasta nosotros desde un punto concreto y limitado del espacio, sino que nos rodea por doquier y se mueve a nuestro alrededor y entre nosotros definiendo el espacio en el que la música tiene lugar. Ya no se trata de un grupo más o menos grande de músicos, relegados en un pequeño recinto (el escenario), proyectando sones en un área acomplejada y claustrofóbica delimitada por cuatro paredes, sino de un grupo, más o menos grande de artistas delimitando por ellos mismos el diáfano y, a veces, infinito espacio donde todo ocurre y donde todo, o casi todo, puede ocurrir.
Dos ejemplos de este estilo de música lo constituyen mis “Campanorias” o conciertos de campanas y mis “Fata Morgana” o conciertos para motores:
Campanorias
Con el nombre genérico de “Campanoria” designo, desde el año 2001, una serie de conciertos y/o intervenciones sonoras en los que las campanas son instrumento protagonista o, sencillamente, el instrumento solista. Naturalmente, cuando hablo de campanas no me refiero a pequeñas campanitas o a las campanas tubulares habituales en conciertos de música sinfónica (que también se pueden utilizar), sino que me refiero a las campanas reales, auténticas y enormes que cuelgan en los campanarios y espadañas de catedrales, iglesias o palacios de todo el mundo cristiano. El uso de esas campanas dispuestas en diferentes campanarios, ubicados estos en diferentes puntos de la topografía de una ciudad, implica que dicha ciudad (toda la ciudad o una parte concreta de la misma, normalmente el centro histórico de cada urbe suele ser lugar favorito para este tipo de eventos) se convierte, a un tiempo en escenario, instrumento, solista y oyente del concierto. La ciudad es la que suena y la ciudad es la que escucha. Y, a lo largo y ancho de la ciudad, es donde el concierto se desarrolla.
La ubicación de los campanarios en el mapa-plano de la ciudad es lo que define el deambular del sonido por todo el espacio de la misma. Creando juegos de pregunta-respuesta entre dos o varios campanarios o haciendo sonar estos de forma alternada el sonido recorre la topografía de la urbe mientras el público, normalmente atónito y con una sonrisa esbozada en el semblante descubre este movimiento sonoro. La intervención de muchos campanarios al mismo tiempo logra ambientes sonoros poco habituales. Realmente, los efectos sonoros que se consiguen en un concierto de campanas tienen un encanto y un “algo” de mágico y de catársico difícil de imaginar y difícil de alcanzar con otros modos de expresión musical o artística.
Ahora bien, ¿dónde se sitúa el público para escuchar un concierto de estas características?. Cuando el centro sonoro está ubicado en un punto concreto, como es el caso de cualquier concierto “normal”, el público se sienta enfrente de los músicos y se dedica a escuchar. Pero, ¿y cuando el sonido procede de varios puntos?. Lo normal en este tipo de conciertos es que el público pueda escoger (o alternar) entre tres formas de escucha: O bien sale de la ciudad y se dedica a escuchar el concierto desde fuera, de una forma que recuerda vagamente a los conciertos sinfónicos tradicionales, o bien sube a un espacio alto (un edificio, una terraza, etc....) y se dedica a ver como el sonido le rodea por todas partes, o bien, situado a pie de calle, se dedica a pasear el espacio definido por los campanarios y a descubrir en cada rincón el sonar de las campanas, como el sonio se rompe en una esquina, o los ecos de una calle cerrada, o como se pierde ante un espacio abierto.
Otro tipo más reducido de campanoria, es el que solo utiliza un campanario acompañado, eso sí, por una serie de elementos sonoros o grupos de interpretes que, ubicados a pie de calle, hacen contrapunto al sonar de las campanas. En estas, el público no aparece disperso a lo largo y ancho de la ciudad sino concentrado en un punto concreto de la misma, junto al campanario, y ubicado en medio de todos los elementos sonoros de modo que el sonido le rodea por todas partes.
Los conciertos de campanas son ya una forma de música madura y experimentada que fue descubierta hace más de 30 años por el gran compositor y artista sonoro valenciano, de Aielo de Malferit, Llorenç Barber, maestro de maestros admirado y reconocido en toda Europa y Norteamérica aunque, como desgraciadamente ya nos parece normal, no tanto en Valencia ni en España. Tiempo habrá en que las futuras generaciones de valencianos se enorgullezcan y presuman de él…
Fata Morgana
Otro ejemplo de música contextual sería mi recién estrenada serie de conciertos para vehículos de motor.
Fata Morgana es la denominación que recibe un tipo especial de espejismo en el cual, el espectador, cree estar viendo una ciudad donde realmente solo existe una masa de aire caliente que refleja la imagen de esta. De ahí el nombre que doy a mis conciertos de motor que no buscan otra cosa que crear un espejismo sonoro de lo que sería una ciudad.
Para este tipo de obras dispongo a la mayor cantidad posible de vehículos de todo tipo (automóviles, motocicletas de distintas cilindradas, camiones, furgonetas, …) en un amplio espacio circular, dejando el público en medio de forma que, como en las campanorias, el sonido le envuelva por todas partes.
Una vez situado cada uno en su lugar, el concierto es una búsqueda-exploración de todas las posibilidades sonoras de los vehículos, más de las que, en principio pudiéramos imaginar y de todas los posibilidades de desplazamiento sonoro a lo ancho del círculo.
Aunque a priori el resultado sonoro puede parecer más rudo que el de los conciertos de campanas, son muchas las sutilizas, los pianissimi, los crescendi y los efectos que se pueden obtener en ambos tipos de experiencia sonora.
Campanorias y Fata Morgana no son sino dos nuevas formas de expresión musical que ni sustituyen ni intentan suplantar a las músicas de siglos pasados, sino que, simplemente, la complementa añadiendo una nueva perspectiva sobre el que siempre ha sido y será “el arte más sublime”: la música.